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domingo, 19 de octubre de 2014

De vuelta - Cena en Ula Berlín

¡Hola Cibermundo!

Hace más de un año desde mi última publicación en el blog, y lo echo de menos. No encuentro el momento para escribir, casi apenas para cocinar, pero cuando sucede sigo haciendo fotos (fotografiar comida es adictivo, encuentro). He decidido intentar un formato de publicación que requiera un esfuerzo mínimo, porque me gustaría mantener vivo este cuaderno de cocina. Será a partir del próximo post. A ver qué tal me sale.

Ahora es cuando me justifico por mi ausencia: Este año ha sido intensísimo, lleno de cambios, una locura.

Terminé el máster y me mudé a Londres inmediatamente por un trabajo, dejando al Toledano en Berlín hasta que pudiera reunirse conmigo. Una vez que me había asentado tanto en la ciudad como en la oficina, apenas comenzado el 2014, me di cuenta de que tenía que volver a mudarme a Berlín. Así que empecé a buscar trabajo para la vuelta a la vez que intentaba sobrevivir al ritmo de vida de la desquiciada Londres. Casi lo conseguí dos veces.

En junio me lié la manta a la cabeza y abandoné la isla. Organicé una boda exprés (que ya hemos celebrado tres veces). Me sumergí en el proceso de reinventarme de nuevo. Quien dijo eso de "Reinventarse o morir" olvidó añadir "en el intento". Y mientras busco mi lugar profesional en esta ciudad, también participo en algún proyecto interesante.

Así que aquí me tenéis, toda una Frau Dr Hausfrau, MBA de derecho, feliz, y con una agenda tan apretada que sospecho me han debido nombrar CEO de los desempleados berlineses.

Como buena CEO de vez en cuando me gusta cenar en un restaurante de los de puturrú. Y lo que hoy os quería contar para reinaugurar el blog, es que la semana pasada estrenamos uno de los regalos de boda: una cena estupendérrima en el restaurante Ula Berlín. Me habían pedido reportaje fotográfico del menú. Y no es sin gran esfuerzo y tesón por mi parte que aquí os lo traigo.

Esfuerzo y tesón porque cuando veía el plato tenía que frenar el impulso de abalanzarme sobre él. Cuando estuvimos en Tailandia no conseguí fotografiar casi ningún plato intacto. Anoche me superé. Supongo que estoy madurando y tal.


En el Ula se cena en una atmósfera sobria pero cálida, en la intimidad de una luz muy tenue. Los platos son comida japonesa elaborada pero moderna. Ofrecen también una amplia selección de sakes. Nosotros tomamos el menú degustación, que os detallo a continuación. Adjunto fotos en luz íntima y bajo flash desgarrador para que os hagáis la mejor idea posible de lo que fue la cena.

1- Sake con entrante de... he olvidado qué era, pero por la foto parece bambú.


2- Rollitos de pollo rellenos de gobo, gambita con verduras en gelatina Ponzu, y sashimi de atún.


3- Sopa de miso blanco con salmón a la plancha.


4- Ensalada de algas con sésamo y gamba frita.


5- Nigiri de atún toro y de dorada ligeramentes cocinados al vapor. Nigiri de foie gras francés.


6- Atún ligeramente asado al aroma de sésamo con salsa de miso y balsámico y puré de patatas con wasabi.


7- Tarta de queso y té verde con ensalada de frutas frescas al Umeshu. Fondant de chocolate con salsa de frutos rojos y helado de coco.



Como podéis comprobar, fue un banquete por todo lo alto, ante el que sólo puedo decir Arigatoo Gozaimasu!!!


domingo, 14 de julio de 2013

Galletas caseras, por favor


Aviso: hoy toca rollo. Ya lo siento, pero estaba leyendo en el intenné un par de artículos sobre activismo gastronómico y ha sido muy revelador, como mirarme en un espejo.

Comer me ha gustado siempre, demasiado, de hecho. Al sobrepasar la veintena mi metabolismo, ese generoso individuo que se deja culpar de todas las gorduras, cambió y tuve que buscar alguna manera de mantener el equilibrio. Empecé con una mezcla de deporte y moderación. Los que me conocéis sabéis que no soy ni demasiado constante en mis actividades deportivas, ni precisamente una persona delgada. Pero creedme si os digo que yo antes comía mucho más y me movía mucho menos.

Sobre todo, con los años y la adquisición de ciertas amistades me he vuelto mucho más selecta. Ahora me importa que cada una de las comidas sean buenas: de sabores compensados, pero también observo si a lo largo de la semana voy equilibrando o no las proporciones de proteína, verdura, carbohidratos; observo la calidad de los ingredientes y cuando sólo tengo cinco minutos para comer (como ha sido frecuente a lo largo del último año) me pone de mal humor que el pan del bocadillo sea industrial.

Cosas de la edad, supongo.

La situación no hace más que empeorar, porque ahora también me pone de mal humor si veo que mis amigos comen pizza congelada, o entran en alguno de esos restaurantes de hamburguesas hechas de material inidentificable. Como decía alguien en algún artículo que leí en algún idioma, compramos lasaña congelada a un euro, y luego nos escandalizamos porque está hecha con carne de caballo.

Entonces llegó diciembre de 2011, y un día mientras me bañaba en las aguas verdes del Mar de Andamán de repente me invadió la certeza de que quería abandonar mi carrera en investigación para dedicarme a la comida.

La decisión no la tomé en un solo día, claro, pero me gusta más contar la historia así.

En esas estoy, y mientras busco mi nuevo camino laboral me encuentro mirando las listas de ingredientes en los productos preparados del supermercado y preguntándome de dónde vienen este pescado, estas verduras, cuál sería un precio justo para los alimentos que estoy comprando, si tiene sentido enviar comida a todo lo largo y ancho del planeta, qué y cómo comemos en Europa en comparación con otras regiones como por ejemplo Asia, qué vamos a comer dentro de cincuenta o cien años. Me hago estas preguntas de manera honesta e intentando no caer en tendencias populistas. Y cada vez leo más sobre el tema, y me gusta más discutir sobre ello.

A ver si va a ser que tengo corazón de activista gastronómica.

Mi pequeña revolución empieza por contaros que la comida hecha en casa no sólo es más saludable, sino además está muchísimo más rica que la industrial. Que ya lo habréis leído muchas veces, pero no me cansaré de decirlo porque es verdad, os lo prometo. Parece ser que todos lo sabemos, pero la realidad es que nos acostumbramos a los productos industriales y se nos olvida a qué sabían las cosas antes, cuando la sobrasada no venía envasada en la sección refrigerada sino que la preparaba el carnicero de la esquina.

No os voy a decir que os pongáis a preparar sobrasada en casa (al menos por ahora). Pero hay tantas cosas tan sencillas, tan fáciles, que cualquiera puede hacerlas.

Por ejemplo estas galletas.


Si un día os levantáis con ganas de atiborraros a galletas, como me pasa a mí a veces, lo confieso sin pudor, no comáis galletas de esas asquerosas y grasientas que venden en el súper a euro la docena. Hacedlas vosotros, por favor. Se tarda un plis, están mucho más ricas, se digieren mejor, y estáis más seguros de qué contienen.

La receta base la tomé de Dan Lepard, que es una de las pocas personas de cuya repostería me fío. Luego la cambié, claro, porque yo no puedo seguir una receta al pie de la letra. Me viene de familia.


Para unas 25 galletas:

Poner en un bol
          100 mL de aceite de girasol
          + 150 g de azúcar moreno
          + 40 g de azúcar blanca
          + 1 cucharada de tahini
          + 1/2 cucharadita de extracto de vainilla
y mezclar todo bien con una cuchara.

Añadir entonces
           + 1 huevo
y mezclar todo bien.

Pesar en un cuenco
           + 200 g de harina de trigo
           + 1/2 sobre de levadura química
           + 1/2 cucharadita de bicarbonato
y añadirlo sobre la mezcla anterior usando un colador o un tamizador, para que se distribuya uniformemente.
Mezclar bien con la cuchara.

Añadir
            + 100 g de chocolate negro cortado en trozos no muy pequeños
            + 100 g de cacahuetes salados
y mezclar con las manos repartiendo los trocitos por toda la masa. 

Guardar la masa en el frigorífico durante al menos una hora, o un rato en el congelador, hasta que esté fría y se pueda manejar bien con las manos.


Calentar el horno a 170 ºC, encendido arriba y abajo.

Cubrir la bandeja del horno con una hoja de papel vegetal, y poner sobre ella bolitas de masa: tomar porciones de masa con una cucharita, hacer una bolita y aplastarla un poco con las palmas de las manos. Ponerlas en la bandeja, bien separadas (yo he puesto 16 por bandeja).


Hornear durante 10 minutos, hasta que estén doradas. Sacarlas con cuidado y dejarlas enfriar sobre una rejilla. Conservar después en un bote de cristal o una lata.

Si sois muy viciosos, podéis hacer el doble de masa y congelar la mitad para otro día.


martes, 29 de mayo de 2012

Declaración de intenciones

Nos invita Biscayenne a manifestarnos contra el monismo en los blogs: contra las estéticas excesivamente cuidadas, las imágenes demasiado perfectas, porque transmiten una sensación de irrealidad que nos hace acabar desconectando la fachada fantástica que es el blog de la persona real que hay detrás. Y no sé vosotros, pero a mí lo que me gusta es relacionarme con personas, no con máscaras.

Además sucede como cuando uno se dedica a mirar revistas de moda: las expectativas se vuelven tan altas, los objetivos tan inalcanzables, que al final nunca estamos contentos ni satisfechos con nosotros mismos.

No creo que mi blog sufra precisamente de este problema: mis recetas no son demasiado originales, ni mis fotos profesionales, ni publico con mucha frecuencia, ni tengo montones de lectores. Pero me identifico con la causa. Y ya sabéis que me apunto a un bombardeo. Así que aprovecho para hacer una declaración de mis intenciones con este blog, y confieso ahora algunas #cosasquemedamiedocontar.


Imagen creada por Biscayenne


  • Este blog lo hago para mí. Siempre me ha gustado cocinar, pero nunca le había dedicado suficiente tiempo. Ahora me he propuesto aprender y ampliar mi recetario, y este blog es mi cuaderno de laboratorio. Yo misma lo uso como referencia cuando quiero repetir una receta que me gustó, o cuando estoy fuera de casa (internet, qué maravilla).

  • No pretendo dar lecciones ni ser maestra de nadie. Comparto mis experiencias principalmente por tres motivos:
    1- Tengo un cierto espíritu exhibicionista. Soy una persona muy abierta, y ya antes tenía blogs personales. Ahora cuento un poco menos de mi vida y un poco más de mi cocina, que no deja de ser una parte importante de mi vida.
    2- Quiero pensar que a alguien le puede resultar interesante leer recetas que estén explicadas al nivel de otro alguien que está aprendiendo.
    3- Soy vanidosa: cuando cocino algo y me queda bonito, me gusta enseñarlo y que me digan lo bien que lo he hecho. Me gusta que me lo digan cuando hago las cosas bien. Porque hay muchas otras que no hago bien, y que me frustran.

  • Cuando me reincorporé al mundo de los blogs culinarios (tengo otro con unas amigas desde hace tiempo, pero casi nunca publicamos) sentí una enorme presión al ver la cantidad de blogs de este tipo que se escriben actualmente en castellano, la altísima frecuencia de publicación, el nivel de profesionalidad de las fotos. Me sentí pequeñita, insignificante, y pensé que nunca podría hacerme un hueco. Como mi blog es una afición y lo hago para disfrutar, decidí eliminar toda la presión de raíz. Cocino lo que me gusta, cuando me apetece, y lo publico sólo cuando me parece que me ha quedado medianamente bien. Participo en las redes sociales cuando tengo tiempo y ganas. Y me da igual tener pocos lectores por este motivo.

  • Me gustan las fotos bonitas. Siempre me ha gustado la fotografía, pero nunca he aprendido de verdad. Ahora el blog me sirve como excusa para ir aprendiendo poco a poco. Tengo una cámara buena, pero no profesional, y no me voy a gastar más dinero en eso. Intento hacer las fotos lo mejor que puedo, pero la mayoría de las veces no tengo suficiente luz natural, porque lo que cocino casi siempre lo comemos en la cena. Así que a veces las fotos son un churro. Otras veces nos comemos el plato antes de hacer las fotos. Somos unos tragones. Es lo que hay.

  • Sigo muchos blogs de cocina por ver si me dan ideas, pero sólo leo algunos: los pocos que me parece que hacen cocina de verdad, sin tonterías.

  • Casi nunca comento en otros blogs. Suelo tener poco tiempo, pero sobre todo es porque los comentarios en los blogs de cocina me aburren sobremanera. La conversación en este ámbito suele ser estanca: alguien dice "qué buena pinta" o "qué rico", tú dices "gracias", y ahí acabó todo. Eso no es una conversación: eso es peloteo. Además no todo lo que veo en otros blogs me gusta o me llama la atención. A veces surgen dudas sobre el procedimiento, o sobre algún ingrediente, y entonces puede haber un poco de conversación constructiva, pero en la gran mayoría de los casos es insulsa. Esto no pasaba tanto con los blogs personales: ahí se conocía gente e incluso se hacían amigos. Llevo tiempo dándole vueltas a este tema, pero de momento no he encontrado ninguna solución.

  • Mi vida es guay. Vivo en la que posiblemente sea la ciudad más excitante y a la vez agradable de Europa. Tengo un novio que me quiere muchísimo, y montones de amigos a cada cual más interesante. Y siempre se comen todo lo que cocino sin rechistar, haya quedado como haya quedado. Eso no quiere decir que no sufra por estar lejos de mi familia, que no eche de menos a mis amigos de España, o que no lo pase mal peleándome cada día con este idioma endemoniado. Pero cuando hago el balance intento que el resultado sea positivo. Ser optimista cuando escribo el blog me ayuda en este sentido.

  • De formación soy investigadora en química teórica. De hecho fue la investigación lo que me trajo a Berlín. En diciembre decidí que ya era suficiente, que había llegado el momento de cambiar, de hacer otra cosa, y ahora estoy intentando abrirme camino en otro ámbito. Pero es extremadamente difícil y muy frustrante. Casi siempre me paso el día sola en casa, ocupada en mi búsqueda de trabajo y con las labores del hogar, y esto puede llegar a resultar muy triste. Probablemente soy el ama de casa con más formación de mi barrio. A veces incluso me siento culpable, si pienso en la cantidad de dinero que las instituciones han invertido en mí, y que ahora no estoy aprovechando. Cocinar me sirve para compensar mi frustración laboral.

  • Citando a Franco Battiato, No soporto ciertas modas: las tartas cubiertas de capas y capas de crema, el abuso de colorantes en la comida, los platos hipercalóricos propuestos día sí y otro también. Intento que mi comida sepa a natural y que el contenido calórico sea razonable (aunque a veces haga algún exceso puntual) sobre todo porque me la como yo. Y me preocupa comer sano. No ya por engordar o no, sino por mantener mis venitas libres de obstrucciones, por ejemplo.

Y en resumen éstas, más o menos, son mis intenciones con el blog: disfrutar, aprender, y conocer algunas personas con las que compartir esta afición. Me alegro mucho de tener mi reducido grupo de lectores, pero mi vida no gira en torno a este blog. Más bien al contrario: este blog gira en torno a mi día a día. Y espero que esta fachada pintada de colorines sea suficientemente transparente como para poder ver la persona que hay detrás.

Estoy emotiva: ¡Besos a todos!